domingo, 30 de junio de 2019

LA CAJA RONCA



En Ibarra se dice de dos grandes amigos, Manuel y Carlos, a los cuales cierto día se les fue encomendado, por don Martín (papa de Carlos), un encargo el cual consistía en que llegasen hasta cierto potrero, sacasen agua de la acequia, y regasen la cementera de papas de la familia, la cual estaba a punto de echarse a perder. Ya en la noche, muy noche, se les podía encontrar a los dos caminando entre los oscuros callejones, donde a medida que avanzaban, se escuchaba cada vez más intensamente el escalofriante "tararán-tararán". Con los nervios de punta, decidieron ocultarse tras la pared de una casa abandonada, desde donde vivieron una escena que cambiaría sus vidas para siempre... 

Unos cuerpos flotantes encapuchados, con velas largas apagadas, cruzaron el lugar llevando una carroza montada por un ser temible de curvos cuernos, afilados dientes de lobo, y unos ojos de serpiente que inquietaban hasta el alma del más valiente. Siguiéndole, se lo podía ver a un individuo de blanco semblante, casi transparente, que tocaba una especie de tambor, del cual venía el escuchado "tararán-tararán".
He aquí el horror, recordando ciertas historias contadas de boca de sus abuelitos y abuelitas, reconocieron el tambor que llevaba aquel ser blanquecino, era nada más ni nada menos que la legendaria caja ronca.

Al ver este objeto tan nombrado por sus abuelos, los dos amigos, muertos de miedo, se desplomaron al instante. Minutos después, llenos de horror, Carlos y Manuel despertaron, más la pesadilla no había llegado a su fin. Llevaban consigo, cogidos de la mano, una vela de aquellas que sostenían los seres encapuchados, solo que no eran simples velas, para que no se olvidasen de aquel sueño de horror, dichas velas eran huesos fríos de muerto. Un llanto de desesperación despertó a los pocos vecinos del lugar. En aquel oscuro lugar, encontraron a los dos temblando de pies a cabeza murmurando ciertas palabras inentendibles, las que cesaron después de que las familias Dominguez y Guanoluisa (los vecinos), hicieron todo intento por calmarlos.
 
Después de ciertas discusiones entre dichas familias, los jóvenes regresaron a casa de don Martín al que le contaron lo ocurrido. Por supuesto, Martín no les creyó ni una palabra, tachándoles así de vagos.


Después del incidente, nunca se volvió a oír el "tararán-tararán" entre las calles de Ibarra, pero la marca de aquella noche de terror, nunca se borrara en Manuel ni en Carlos. Ojala así aprendan a no volver a rondar en la oscuridad a esas horas de la noche.


sábado, 8 de junio de 2019

Mariangula


María Angula era una niña muy chismosa a la que le encantaba causar líos en su pueblo. Todos desconfiaban de ella porque siempre mentía y llevaba discordia entre los vecinos, inventándose falsos rumores y haciendo que los unos se enfadaran con los otros. Pasaba tanto tiempo creando chismes, que nunca ayudaba en las tareas de la casa y jamás aprendió a cocinar.
Fue por eso que al crecer y casarse, se dio cuenta de que estaba metida en problemas. Manuel, su marido, esperaba que todas las noches al llegar del trabajo le tuviera preparada una cena muy sabrosa. Y María Angula se moría de la vergüenza al no saber ni poner a hervir agua.
Entonces se acordó de que Doña Mercedes, su vecina, era una estupenda cocinera y se le ocurrió que ella podía ayudarle.
Esa mañana se acercó a su casa para preguntarle como preparar un caldo de menudencias.
—Pues es muy fácil —dijo Doña Mercedes—, simplemente tienes que cocer las menudencias en agua hirviendo. Luego añades un poco de tomate al caldo para que le de color y añades un pan mojado en leche. Queda muy sabroso.
—Ah —dijo María Angula—, ¿nada más eso? ¡Si así se hace, yo también sabía!
Y se marchó a su casa a preparar el caldo, que aquella noche su marido se comió con gusto.
Al día siguiente se repitió la misma historia, y al siguiente también, y al que siguió después de ese. Todos los días sin excepción, María Angula importunaba a Doña Mercedes para que le dijera como hacer platillos que ella no sabía preparar. Lo que más le molestaba a la cocinera era que nunca le daba las gracias, siempre salía con el cuento de que ya sabía como hacerlo y era muy fácil.
Por eso un día, cuando María Angula le preguntó como hacer un estofado de tripas, Doña Mercedes le jugó una macabra broma:
—Debes ir al cementerio y buscar al último muerto del día, y abrirle el estómago con un cuchillo para sacarle las tripas. En casa, vas a cocerlas con agua, sal y cebollas, dejas el caldo hirviendo, sazonas con un poquito de cacahuate y listo. Es el plato más suculento de todos.
Ah, ¿nada más eso? ¡Si así se hace, yo también sabía!
Y María Angula, tonta como era, se fue directo al cementerio a robarle las tripas al cadáver más fresco de la jornada. De vuelta en casa cocinó el escalofriante estofado que su marido devoró chupándose los dedos.
Aquella noche, mientras ambos dormían, un frío intenso se metió por la ventana y María Angula escuchó un grito lastimero:
—¡María Angula, devuélveme las tripas que me robasteeeee!
Cuando María Angula miró asustada hacia la puerta de su habitación, vio al difunto con el estómago vacío y una expresión fantasmal en su rostro. Trató de ocultarse bajo las sábanas, solo para sentir unas manos frías que la cogían por los tobillos y la arrastraban lejos.
Cuando Manuel despertó no encontró a su esposa. Nunca más se la volvió a ver en el pueblo.


miércoles, 5 de junio de 2019

El Chuzalongo

Un hombre agricultor, tenía a su ganado pastando en el monte. De repente, el cielo se obscureció anunciando una terrible tormenta.
El sujeto preocupado por sus animales, les pidió a sus hijas que condujeran al ganado al granero. Las muchachas hicieron lo que su padre les pidió y en pocos minutos, encerraron a las reses en el lugar.
Las muchachas se dieron cuenta que derrepente junto a ellas se encontraba una extraña criatura de baja estaturanariz larga exactaorejas puntiagudas y una larga cabellera de color gris.
Las muchachas gritaron con todas sus fuerzas, aunque desgraciadamente nadie acudió para ayudarlas. Luego de varias horas y al percatarse de que sus hijas no habían vuelto a la casa, el granjero salió acompañado de su escopeta a buscarlas.

El pobre agricultor se encontró con una horripilante escena. Sobre el pasto halló los cuerpos destrozados de sus hijas. A lo lejos pudo divisar como una diminuta criatura se iba alejando poco a poco en dirección hacia el horizonte.
Cuento el Chuzolango
Otra variante de la leyenda del Chuzalongo, es la que dice que este tipo de duende enfrenta a los hombres en el bosque, cuando por alguna razón estos lo logran ver desnudo, pues es demasiado pudoroso.
Existe otro relato en el que se asegura que el Chuzalongo sólo se deja ver en el momento en el que desea medir su fuerza con otra especie, sin importar que se trate de seres humanos o de animales)

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